La mansión

Diario de mi reino,
Hoy he salido de aquella mansión abandonada.
No podía seguir recluida allí, donde tan sólo leyendo cuentos encontraba el por qué del latir de mi corazón.
Ahora podré comprobar si mi corazón de verdad late, o es una ilusión.
Encontraré a Gru.

Tercer Piso
Sin saber por qué, ni cuando, pues aún no lograba concebir la noción del tiempo, apareció.
En el momento en el que abrió sus grandes ojos, se asustó al no poder distinguir nada, pues el lugar donde se encontraba carecía de luz e, impotente, se sentó en el suelo y comenzó a llorar hasta que se quedó sin lágrimas y cayó dormida.
Aunque era dada a rendirse, pronto aprendió a andar, agudizó su vista para no tropezar con los obstáculos que impedían su avance por aquellas largas escaleras de caracol y buscó aquellos tesoros que deseaban ser encontrados.
Después de una intensiva búsqueda, y sin atreverse a subir a otro nivel por las escaleras que coronaban la estancia, encontró un pequeño pergamino con la siguiente inscripción:
”Crecer, Crecerás.”
Aurora miró intrigada aquellas palabras que a sus ojos no significaban nada. Pensó que la escasa luz no la dejaba distinguir el texto con claridad, así que buscó alguna ventana que emitiera el más mínimo resplandor. Todas ellas estaban a una altura considerable y selladas desde fuera, con madera añeja sujeta con clavos, por lo que se vio obligada a dejar aquél sótano subir las escaleras.

Segundo Piso
Decidida y veloz, subió cada peldaño de las escaleras, con la enfermiza obsesión de que sus pies se hacían más grandes con cada uno de sus pasos.
Al llegar al final de las escaleras y sin preocuparse por el tamaño de sus pies, volvió a registrar cada tramo con prisa, deseando encontrar otra pista que la hiciera entender el pergamino que había encontrado anteriormente.
Tras buscar en todas partes sin resultado, se sentó en una esquina y comenzó a llorar amargamente.
Una voz aguda la sobresaltó.
– ¿Por qué tienes tanta prisa por crecer?
Aurora miró al ser que había formulado aquella pregunta. Tenía forma de Dragón, con los ojitos verdes y brillantes.
– ¿Quién eres tú? – Dijo Aurora sin evitar sonar su nariz.
– Soy Gru. – Contestó el ser misterioso.
– ¿Y qué haces aquí?
– Ayudarte a crecer.
– ¿Qué es crecer?
– Pronto lo entenderás. O Quizás jamás lo entiendas.
Aurora se escondió entre sus rodillas.
– ¿Podré hacerlo sola?
– No. Por eso estaré contigo.

Desde aquél momento Gru y Aurora se hicieron inseparables. Aurora solía cansarse pronto y montarse en el suave lomo de Gru, para que este la llevara a todas partes mientras buscaban una y otra vez alguno de aquellos pergaminos. No tenían prisa, pues disfrutaban del tiempo que pasaban juntos. Gru le contaba historias, cuentos, la acurrucaba antes de ir a dormir y alimentaba su alma con esperanza.
En una ocasión, Aurora se rindió;
– ¿Qué hago aquí? – La voz de Aurora temblaba, y sus manos habían perdido la fuerza que solían irradiar.
– Vivir. – Gru estaba convencido de su respuesta.
– ¿Vivir? Está oscuro, y no puedo ver más que lo que tú iluminas con tus ojos verdes. Jamás he visto la luz, y puede que jamás la encuentre.
– Debes tener paciencia. – Gru se acercó a ella y acarició su melena rubia. – Quizás la luz te rodee, pero no puedas verla porque tus ojos no están preparados para ello. La luz se dejará ver sólo cuando quiera ser vista.
Aurora meditó sus palabras un instante, mientras el dragón acariciaba su pelo.
– Y cuando encuentre la luz… ¿Seguirás conmigo?
– Yo siempre estaré contigo.
Aurora despertó y encontró otro pergamino enfrente de sus ojos.
”Sustituye tu fantasía por Realidad, y encontrarás los misterios ocultos.”
Aurora pegó un salto, contenta porque al fin habían conseguido su objetivo. Escrutó la zona para localizar a Gru, pero Gru había desaparecido.
Tras una incesante búsqueda, con lágrimas en sus ojos, se sentó en una esquina y lloró hasta quedarse dormida.
Nadie sabrá cuantos días pasó Aurora llorando sin moverse de aquél lugar, pero Gru no volvió a aparecer. Ni siquiera para decir adiós.

Siguió llorando hasta que algo le llamó la atención. Una arañita había caído del techo y se había posado en su hombro.
– ¿Quien eres tu? – Dijo la arañita con voz grave y unos ojos negros como el azabache.
Aurora resopló y cogió fuerzas para articular un murmullo inteligible.
– Si no hablas claro, ni tú misma sabrás quién eres, ni lo que buscas. – La arañita hablaba con frialdad y parecía estar entretenida tejiendo mientras lo hacía.
Aurora se aclaró la garganta.
– Soy Aurora. – Dijo con decisión.
La arañita pareció reaccionar.
– Te he preguntado qué quién eres, no cual es tu nombre, si no me equivoco.
Aurora reflexionó hasta que la arañita, aburrida, se marchó, y decidió abandonar sus reflexiones al no encontrar respuesta a sus preguntas.
El recuerdo de Gru la ataba a aquél nivel, de donde no quería marcharse por si éste volvía, pero poco a poco sus reflexiones desembocaron en curiosidad, y ésta, a su vez, en necesidad. Por lo que un buen día volvió a donde se encontraban las escaleras. Miró hacia abajo y se dio cuenta de que ya no podía bajar, y que el suelo de este nivel crujía y amenazaba con caer.
Aurora siguió en su esquina mucho más tiempo, hasta que las baldosas del suelo se cayeron a pedazos trazando un único camino que conducía a las escaleras.
Esperó hasta el último momento. Pero Gru no volvió.
Se levantó. Sus piernas estaban adormecidas, y las lágrimas aún luchaban por salir de sus ojos, pero corrió con todas sus fuerzas al ver que las pocas baldosas que aún seguían en su sitio empezaban a caerse.
Asustada, subió las escaleras, observando el inmenso vacío que había acabado con su única ilusión.

Primer Piso
La primera impresión de Aurora ante aquél nuevo nivel fue radiante.
Había luces de velas por todo el piso, aclarando lo que hasta ahora había sido la visión temerosa de un vacío negro e inmenso, sólo iluminado por los verdosos ojos de Gru.
Las paredes de la estancia estaban colonizadas por estanterías repletas de libros, los que en poco tiempo fueron leídos por Aurora.

La presencia plausible de aquella puerta al final de la sala había sido ignorada por Aurora, que no miraba a su alrededor más que para escoger otro de los libros de las estanterías y sumergirse en su lectura como último consuelo ante su soledad.

Un buen día, Aurora se fijó en aquellas velas que jamás acababan. Las miró tan de cerca que casi le quemaron los ojos. Ellas eran la luz que había estado buscando todo ese tiempo. Cuando quiso tocarlas, se quemó y ante las primeras muestras de dolor físico, grito de forma que apagó una de las velas, con lo que entendió que aquella luz era un simple reflejo de lo que podía ser la luz verdadera, y con la esperanza de que el mundo no se remitiera a aquella habitación exploró todos y cada uno de los libros, sin descansar un sólo minuto, hasta que se acabaron las estanterías.

Sótano
Aurora abrió sus grandes ojos azules, escondidos tras un gran libro antiguo y desgastado. Estaba sentada en la esquina de lo que parecía ser una habitación llena de telarañas, oscura, sucia y solitaria, portando en su mano un candelabro de plata, que utilizaba sólo para leer, pues conocía perfectamente el lugar donde se encontraba. Los libros reinaban en toda la sala, pero ella ya conocía todos los secretos que escondían.
Nada más abrir los ojos, una luz cegadora se hizo dueña de la sala. La puerta a la que Aurora había ignorado se había abierto. Era enorme, como si por ella debiera pasar un gigante y Aurora era tan pequeñita que casi no llegaba al pomo.
Sin dudarlo, se acercó a la luz hasta que esta casi le quema los ojos y descubrió un nuevo horizonte.

Fin del capítulo

 

El bosque de almendros secos
Diario de mi reino,

Llevo dos años paseando entre los almendros esperando a que nazca una sola flor.
Gru no existe.
He perdido toda mi esperanza.

¿Por qué soy tan pequeñita? Mis piernas son demasiado cortas para abarcar el viaje por el camino que no lleva a ninguna parte. Quise descansar unos minutos y llevo aquí dos años. Mi tristeza al observar que no florecen me abruma de tal manera que lloro día sí día también.
Me pregunto porqué he de ver a todas las personas desde abajo. Son tan mayores que podrían tocar el sol, y con ello, se queman. Sienten y padecen, pero sus sentimientos están atrofiados… ¿Qué ha pasado con las sonrisas inocentes? Ahora las comisuras de sus labios irradian maldad e hipocresía.
Si no fuera por las alitas de Lai, que a veces se posan sobre mi cara, estaría completamente sola.
Mi soledad es un hecho, pero la prefiero. No volveré a permitir que aquellos adultos se acerquen a mí, deseosos de saciar los bastos impulsos de sus cuerpos, sin oír los gritos de sus mentes. Ni los de la mía.

El camino que sube por la montaña
Aurora estaba cansada, pero seguía andando por el camino que no lleva a ninguna parte, Mirando al cielo por si Lai se dignaba a aparecer.

Aurora podía comprender que él tuviera asuntos más importantes que tratar, y sonreía al mirar al cielo y recordar que en algún lugar estaría pensando en su estrella.
Sin embargo, el recuerdo de Lai no fue suficiente para seguir su recorrido, que a cada paso se tornaba más pedregoso y gris, hasta que al lado de una basta pradera, se dividió en dos partes.
Aurora paró al ver la bifurcación y se posó un dedo en sus labios, pensando qué camino sería más fácil. Uno de ellos tenía menos baches y algo más de luz, pero bajaba por la ladera, y la arañita le había dicho que encontraría a Gru  si subía por la montaña, lo que le llevaba a plantearse la empinada cuesta del segundo camino. Al pensar esto, se dio cuenta de que la arañita se despertaba detrás de su oreja.
– Debes tomar el camino que sube por la montaña. – Recalcó.
– Ya lo sé. – Aurora hizo caso omiso a las patitas de la araña sobre su hombro. – Pero no tengo fuerzas, y está repleto de olivos. No quiero tomar ese camino…
– Si no lo haces te picaré.
Aurora se estremeció. No quería volver a sentir el frío pinchazo de aquél aguijón en su nuca. – Ese… No es mi camino. – La voz de Aurora temblaba.
– Es el mejor para tí.
– ¿Por qué? No lo es. Me partiré las piernas con esas piedras afiladas, y romperé mis zapatos al subir esa cuesta tan empinada.
– ¿Será peor que las consecuencias?

Aurora volvió a estremecerse y comenzó a subir por la cuesta del camino que subía por la montaña.

Buscando una flor de almendro

Apenas había comenzado a subir cuando ya se encontraba exhausta. Sus extremidades temblaban ante el penetrante frío oculto en el viento que bajaba desde la montaña. Paró un segundo y descubrió un pequeño bosque a su derecha. Decidió que ya era hora de descansar.

. . .

Tras la verja de espinos

Me costó escalar la verja, y el corazón no quiso seguirme, así que lo até a un alambre de espinos y lo arrastré, esperando a que emprendiera el vuelo, pero me hizo la escalada más difícil, porque pesa, y no quiere moverse. Al fin lo conseguí. 

Aurora saltó desde lo alto de la verja, y cayó al suelo cuando le fallaron las piernas al rozar las hojas secas con sus pies. Los almendros seguían empañando el horizonte, y no florecían, pero estaban dotados de un color blanquecino y resplandeciente que llenaba de algún modo el vacío repleto de tonos marrones y grises.

. . .
No pasó mucho tiempo hasta que Aurora notó que sin darse cuenta estaba siguiendo sus instintos más profundos, y sus pies bajaban por la montaña, buscando el camino que la arañita había hecho que rechazara con anterioridad, con un único pensamiento:
Gru estará donde yo quiera que esté.

 

Diario de mi reino

Estoy harta de degustar los besos de dragones de plástico.
¡Estúpida, Estúpida, Estúpida!
Que no consigo volar porque no merezco el cielo
Ni existe mi dragón porque ni Dios se molestó en brindarme alas.
¡No me queda otra que crecer, hasta que se me acaben los días!

 

Oposición

Llovía. Pero Aurora se escondía tras las cortinas de la más alta torre, divisando la perfección de las gotas de lluvia que abordaban el cristal y lo hacían crujir con violencia. El cielo chasqueaba, se estremecía y emitía gritos en escala de grises que se metían en sus oídos como si fueran abejorros.
No podía soportar más éste desvelo. Parecía que al poco tiempo de la ida de Gru se empezaba a volver loca despacito hasta que explotaba en un llanto iracundo que sólo Edgar era capaz de comprender.

Llevo tanto buscándole para tenerle tan poco…
La habitación se iluminaba con cada trueno que brotaba del cielo. Las paredes rosas, el dosel verde claro, la cama de rosas… Cualquiera habría dicho que esa era la habitación de una pequeña princesa. Y no estaría equivocado, pues Gru la trataba como tal, y fue él mismo quien preparó la habitación.

Perdida su mirada hacia la pared colindante pareció despertarla un chasquido, it había subido los peldaños de la escalera y sus pequeños bigotes de ratoncito casi rozaban sus pies.
Aurora la cogió en sus manos con una sonrisa y it se sacudió de forma graciosa el agua de la lluvia.
– ¿Qué haces aquí, pequeñita? – Aurora acarició su cabecita marrón. – ¿Tenías frío ahí fuera?
– Sé como puedes ir a ver a Gru. – It sonrió enseñando sus dientes blancos.
Aurora se sobresaltó y emitió un sonidito de admiración. Pronto se volvió a dirigir a ella.
-¿¡Cómo!? –
-Volando.
– ¿Vo…? No sé volar.
Y sin más que añadir se tiró en la cama de rosas siendo consciente de que se clavaba las espinas, añorando el tacto de algodón de sus pezuñas, sin pensar un sólo momento en su llegada. Es el final del camino y la calle está cortada.

 

 

Suelo de cristal

Diario de mi reino,
Alta, tan alta la torre… Entre oscuros y desiertos páramos;
Allí, donde los cuervos descansan sus alas en derruidas almenas y tejas de oscura pizarra;

Allí, donde la soledad acecha hasta en palabras sinceras, quemando las manos que osan rozar la piel;
Allí, donde yo, pequeña y frágil, sigo esperando al batir de tus alas en la noche clara:
En mi lecho de rosas, de rojo terciopelo,
Lloran mis muñecas, mis pupilas se retuercen

Pues ahora el color del cielo es caramelo
Como sus ojos.
Y el dulce recuerdo de su leve maullido

De su solitaria compañía…
Me está matando.
Cada día que pasa me alejo más de su recuerdo
Cada día la esperanza muere y revive en sollozos de desesperación.
Porque el instinto pudo con mis caricias
Y aquella noche fue la última.

Libertad
Edgar odiaba la torre. Era demasiado alta como para asomarse sin que un escalofrío invadiera sus extremidades, sin embargo, Aurora nunca le oyó quejarse; Permanecía dormido, a su lado, sin separarse un sólo momento de la atenta compañía de su amiga, que miraba por la ventana, esperando noticias de Gru.

Eran conscientes de que les era imposible bajar, y solos estaban ante aquél enorme abismo, más Edgar anhelaba libertad. La búsqueda incansable, el bosque de almendros, el camino interminable…

En el exterior, las nubes tapaban el sol, y la luna llena no se dejaba ver en el cielo nocturno, motivo por el cual Gru llevaba semanas sin aparecer.

El inhóspito paraje que rodeaba la alta torre se teñía de grises y sepia, demasiado oscuro, muerto. Abundaban las rocas y los acantilados de final difuso, así como los árboles, cuyas ramas se retorcían buscando una luz que sólo emitirían los relámpagos.

Parecían sufrir las espinas de los rosales, despojados de sus magníficas flores brillantes y sus hojas verdes. Mientras, bajo el cobijo de las tejas de pizarra, el calor y la luz del fuego inundaban la alcoba donde Aurora y Edgar reían, jugaban, se chinchaban y dormían.

A menudo, Aurora pasaba largos periodos de tiempo mirando al infinito, por la ventana, observando la tormenta y esperando el silbido que anunciaría la llegada de Gru.

Fue un día especialmente oscuro, de tormenta revuelta, el que cambió la aparente paz de la torre.
Un trueno fue, o quizás un terremoto el que removió la tierra. Las rocas macizas que sostenían la torre cambiaron su posición e inclinaron la torre, mientras, de las entrañas del mismo infierno, nacían unas escaleras de caracol, de pura piedra oscura, que sujetaron la torre de su inestabilidad. El suelo se quebró. Edgar saltó a los brazos de Aurora, y ésta lo abrazó con fuerza. Ambos se sumergieron en la pureza de las blancas sábanas.

Al despertar; Todo había cambiado, exceptuando el gris del cielo.
El suelo de la alcoba se había tornado cristal, y la visión de la torre semi-derruída sujeta por las macizas escaleras de caracol proporcionaba una sensación de inestabilidad que acrecentaba el vértigo originado por la altura.

Aurora abrazó a Edgar con fuerza, pero éste escrutaba el lugar en busca de una salida, hasta que la encontró. Era un hueco diminuto en el cristal, por el que sólo cabría él, y que conectaba con las rocosas escaleras de caracol.

Aurora no tuvo más que mirarle los ojos para descubrir sus intenciones. Y, llorando, se abrazó a él, intentando impedir que escapara. Edgar maullaba, deseando ser libre, sin oponer resistencia a los brazos que lo sujetaban, hasta que Aurora, exhausta, los aflojó, y con gesto hostil y lágrimas en los ojos, le dejó marchar.

El gato se escabulló entre las sábanas y Aurora no volvió a verlo. Cerró los ojos con fuerza, y cuando volvió a abrirlos ya no estaba. La había abandonado, sin esperar un último beso.
Sin dejar de llorar, se acercó al hueco, de rodillas, y en un impulso nervioso comenzó a agrandarlo con sus propias manos, resquebrajando el cristal que la sostenía, sufriendo profundos cortes en manos y muñecas, sin resultado.

Exhausta, cansada y sin lágrimas, volvió a la cama y sin querer; se quedó dormida.

 

 

Nenúfares

Diario de mi reino,
Prometiste no dejarme nunca.

Desasosiego
Despertó, sola en la noche, con la pavorosa imagen de las sábanas empapadas en sangre; La sangre de sus muñecas.

Sus ojos, aún secos de lágrimas, se abrieron con rapidez, buscando el agujero por el que se escaparon las orejitas curiosas de Edgar.
El cristal, quebrado en sus bordes, daba una siniestra impresión de fragilidad que aterraría a cualquier alma mortal, más Aurora, con el único deseo insaciable de encontrar a su igual, saltó de la cama sin contar con sus agotadas fuerzas, que la hicieron caer. Se arrastró por el frío suelo de cristal, mientras pequeñas ramas de cortante hielo rompían la seguridad del suelo, haciéndolo morir. Siguió arrastrándose hacia las escaleras, pálida, temblorosa hasta que el leve sonido de la desintegración del cristal  irrumpió en el silencio del valle con el sonido de mil cascabeles.

Sintió un estrépito y el suelo desapareció. Cerró los ojos. Parecía volar, pero en cuestión de segundos cayó de bruces contra el duro suelo de piedra.

Se levantó como pudo, rozando el frío con sus pies descalzos, y comenzó a bajar las escaleras lentamente.
Pudo pasar una hora hasta que bajó el último escalón de la torre. A su alrededor la vegetación pútrida se retorcía y la amenazaba con enormes espinas, pero sus pies no dejaron de arrastre por el suelo, mientras escrutaba cada esquina.

No muy lejos de allí, había un estanque, de verde vegetación, nenúfares blancos y lirios que buscaban el cielo. Bajo la sombra de un cerezo seco, de retorcidas ramas, exhausta y desganada, se aproximó a él lentamente hasta que el dolor de sus heridas la hizo desfallecer y caer en aquel  vacío de aguas tranquilas.

Así, inundada por el hielo del abandono, cayó en cascadas de pensamientos autodestructivos que colapsaron su mente. Mirando al cielo color caramelo. Tiñendo la pureza de los lirios con su sangre.

A la arañita que se ocultaba tras su oreja no le gustaba el agua. Era demasiado pequeña como para sobrevivir a tal situación, así que en un susurro que pretendía ser esperanzador musitó:

Está muerto.  

Aurora emergió, dejando su rostro a expensas de la fría brisa del exterior. Abrió los ojos, sin dejar de mirar al cielo.

Nunca digas muerto.
Abandóname en la noche
Mantenme fuera de la luz
Corta mis labios para sellar mis palabras
Pero no vuelvas a decirme que está muerto.

 

Agua

Diario de mi Reino
En el bosque de almendros secos… Era invierno o fría primavera. Apareciste entre los árboles, con la sonrisa perdida, y buscando dueño, saltaste a mis brazos… Y no volvimos a separarnos nunca.

No hallé en mi alma lugar de donde extraer fuerzas para emerger a la superficie.
Mi cabello se ondulaba, enredándose en las algas de la charca, buscando la salida de la muerte hacia el irrevocable futuro de la putrefacción.

Alegorías, el incesante croar de las imaginarias ranas en el exterior, cielo azul caramelo. Caramelo. Caramelo. Caramelo. Sus ojos.
Alma… Alma de todo; Menos de gato.
Nunca.

Agua
Dolían los pulmones, aunque más el corazón. Se hundía lentamente, la niña, entre nenúfares, con los ojos abiertos y destrozada el alma.
Empezaron los espasmos, las nauseas, la desesperación, las ganas de saciar su inmediata sed de oxígeno… Pero el acentuado olor de la soledad pudo con su más básico instinto.

Llovía con rabia en el valle, que se desplegaba como una foto antigua ante la atenta mirada de las nubes. Tonos sepia en el ambiente, que se extinguían ante Aurora como si alguien bajara el telón de aquella macabra función. 

El patio del horizonte
Atardecía, ocultándose el enorme sol entre las montañas, reflejando su luz en las ventanas que iluminaban el extenso pasillo, y al final de éste, tendida en el suelo de mármol carmesí, Aurora abría los ojos.

Ni agua ni oscuros valles la rodeaban ahora, sólo el reconfortante calor del sol en verano.

Se incorporó con timidez y notó que su cuerpo parecía aún más flexible y ligero que antes. Lentamente, se desplazó por el corredor, mirando el gran patio que se distinguía tras la hilera de ventanas, y fue al final de éste cuando su corazón dio un vuelco.

Sentado, con sus patitas en el descanso de la ventana colindante, Edgar miraba hacia abajo, como si algo llamara su atención, atrayéndole como imán hacia el vacío.
Aurora gritó su nombre, tan fuerte que raspó sus cuerdas vocales.
Edgar la miró a los ojos, dejando huir de ellos su brillo caramelo. Y de un salto ágil, con movimientos de tigre, se acercó a sus manos.
Ella acarició su lomo, observando las perfectas líneas de su cuerpo… Le podía la emoción. Querría estrujarlo entre sus brazos hasta que emitiera ese gracioso sonido, como siempre hacía. Pero el respeto podía ahora más que el cariño.

Seguía mirándola a los ojos, con expresión impasible, mientras ella le acariciaba sin parar, desde su cabecita hasta el final de su frágil cuerpo.

Sintió una voz en su interior que la obligaba a volver y una extraña fuerza agarró su espalda, más ella, sin separar los ojos de la firme mirada de Edgar, rehusó escucharla, rehusó sentir las manos que apresaban su voluntad.
Sabía que esa vez sería la última, y que jamás podría olvidar aquellos ojos.

Gritaban las voces en su cabeza, tiraban las invisibles manos de su frágil cuerpo, pero ella no quería dejar de acariciarle.
Comenzó a llorar, desconsolada, hasta que dieron de sí sus fuerzas. Lo abrazó, lo abrazó tan fuerte, con los ojos cerrados… Y luego se consumió.

Oscuridad. Otra vez. Oscuridad.

– Despierta. Aurora… Tienes que despertar. – Sonó una voz familiar, entre las tinieblas. Sintió como golpeaban su corazón con fuerza.

– ¿Gru?. – Su voz resonaba con eco. Sin abrir los ojos adivinó que el cielo volvía a ser caramelo. El frío volvía a invadir su cuerpo mojado.

Unas alas rojas consumidas por el fuego, cruzaron su círculo de visión.

– No tiene pulso… – Lai había adaptado su forma humana y hablaba sujetando su desfallecida mano derecha. – Pero su sonrisa es más radiante que nunca.

– No respira… – Khaetinia sujetaba su mano izquierda, serena, pero insistente. – … ¿Aguantará?

– Tiene que aguantar. – Gru se encontraba entre ambos, frente a ella, presionando su pecho, y mirándola con sus ojos verdes.

Aurora tosió con un estrépito, abrió sus ojos azules, y, perdida, escrutó lo que la rodeaba.

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