Corinne copiaLa máquina de escribir, tan fría como la muerte misma, abriéndose paso entre los ajados vestigios del óxido, liderados por el tiempo, el descuido y la mugre. A sus mandos, el atormentado Demócrito, creador de bestias y demonios, tantas veces reflejados en aquellas deslucidas teclas de latón, damnificado por los efectos del alcohol, que pese a su juventud, ya hacían mella en su pálida piel y en el descuido de sus vestiduras. Las mangas de la camisa de algodón estaban remangadas, en señal de disposición para la escritura, el reloj de bolsillo marcaba las horas cada vez más deprisa, mientras el joven escritor se sumía en la interminable profundidad de sus historias. Todas ellas mostraban un componente perturbador, de un desprecio por la vida latente e inquietante. Relataba con exactitud todos y cada uno de los monstruos que le acechaban bajo la cama. Pero las bestias de apariencia repulsiva no eran las que le visitaban en el dulce néctar del sueño, atormentando sus escasos momentos de letargo. Era el único ser argénteo que su taimada mente había creado el que torturaba cada segundo de su sueño.

 

Corinne, la encarnación del deseo de una mente perturbada. El símbolo de sus propios miedos y de la locura misma.

 

Nos conocimos en Octubre, mientras las hojas caían, y una tenue lluvia repicaba en el cristal de la ventana. La vela oscilaba lentamente ante la atenta mirada del escritor, que por vez primera, después de una escabrosa existencia inmortal, tuvo como meta imaginar cómo mi cabello pajizo oscilaría como aquella esfervescente llama. Hacia un lado y hacia otro, en el amargo vaivén del tiempo.

 

Perdió noches, días, semanas, tan sólo en describir cada centímetro de mi alabastrina tez, el brillo de cada uno de mis dientes, sin apenas probar bocado, y con la fatiga manando de sus ojos y sus manos temblorosas, como quien da las últimas pinceladas a su impecable obra maestra.

 

No recuerdo haber nacido de otra manera que de entre sus dedos enjutos cuando me arrancó de las garras de la mendacidad y me convirtió en el único de sus personajes dotado de vida. Me buscó en un sinfín de parajes, desde Glasgow hasta Chernóbil, hasta que dió con la joven hija del panadero del distrito menos avenido de Surgut, en 1888. Esperó en las sombras durante años, observando cómo se esparcía mi forma mortal, viendo cómo reía, lloraba y escuchaba la soledad. Manejó las sombras de mi polvorienta desdicha hasta hacerme ver todo lo que siempre quiso que viera, y una vez lo comprendí, se deslizó desde el techo de mi alcoba y me dio el dulce abrazo de la vida.

 

Dejé de ser Inna para convertirme en Corinne, el personaje de una novela en interminable desarrollo, nacida de la mente de un genio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¿Eres humano? * Time limit is exhausted. Please reload the CAPTCHA.