Una vez más, el ascensor no respondía a la llamada. Para Juan venía siendo algo habitual, la mayoría de los desahucios de edificios tenían lugar después de haber reducido todas las posibilidades de pago y entre ellas, desgraciadamente, solían estar los gastos de la comunidad. No podía decirse que estuviera en forma, para un vulgar inspector de hacienda, subir cuatro pisos de escaleras andando a paso ligero, ya era todo un logro. La escolta policial que le acompañaba tampoco estaba demasiado a gusto en aquella situación. El suelo crujía bajo los pies de los tres hombres, repleto de escombros y suciedad.

Cuando llegaron a su destino, el apartamento 263, hogar de la familia Palomares, ya habían comprobado que en su buzón se amontonaban las cartas de hace unos meses, y sospechaban que el hogar había sido abandonado hace bastante tiempo, por eso, tras llamar a la puerta y no ser atendidos, la sorpresa, al entrar, fue mayúscula: La suciedad hacía roña en las paredes, había envoltorios de comida por toda la casa, y se oía el sonido continuado y constante de algo golpeando contra la pared. 

Uno de los policías entró a la vivienda y accedió al salón, seguido de su compañero. Antes de que Juan pudiera ver nada, el policía ya había comenzado a pedir, por radio, que trajeran una ambulancia.

Juan se asomó, sobrecogido por la curiosidad . La escena que contempló era dantesca: Una mujer, acurrucada en la esquina derecha del salón, golpeaba su cabeza repetidamente contra la pared, dejando la estela de un cerco rojizo. Juan se estremeció y salió de la vivienda, esperando pacientemente a que llegaran los paramédicos mientras oía cómo los policías trataban de comunicarse con la mujer sin que ésta articularan palabra alguna.

– No responde. Está catatónica – Dijo uno de ellos. – Tenemos un informe que revela que su hija desapareció hace algo más de tres meses.

Juan se quedó revisando sus notas mientras los paramédicos y policías escoltaban a la maltrecha mujer hacia la ambulancia. Para cuando quiso darse cuenta, estaba solo y aún tenía que inspeccionar los siete apartamentos que conformaban el segundo piso del edificio.

Poco a poco, y como un autómata, Juan comenzó a inspeccionar puerta por puerta, revisando cada casa y precintando cada rellano, cuyo abandono se hacía notable a través de graffitis y mugre. No soportaba que la crisis dejara a tan pocos funcionarios con tantísimo trabajo. Apenas había comenzado su turno y ya quería volver a casa, aunque sólo le esperase en ella un paquete de fideos chinos y el vasto y oscuro mundo de internet, que había pasado a convertirse en su única vida social.

Absorto en sus pensamientos, observó algo brillante en el suelo, justo al lado de la puerta del apartamento 247. Mientras se aproximaba, el objeto iba tomando forma, parecía un diente, un pequeño diente junto a una gota de sangre e hilo dental. Observó el pasillo a ambos lados. Parecía que alguien había decidido arrancárselo, y a juzgar por el tamaño, era de leche. Brillaba hipnóticamente. Osciló unos segundos sobre sus pies mientras se preguntaba si debía o no debía cogerlo, pero en un arrebato se hizo con él y se lo metió en el bolsillo antes de acceder al apartamento.

La puerta se abrió con un crujir crepitante, fruto del abandono del tiempo. Alzó la mano para pulsar el interruptor que iluminó el apartamento en cuestión de segundos. Era un piso pequeño, a la derecha había una pequeña cocina americana y a la izquierda un pequeño aseo. Unos pasos más adelante, estaba el salón, y en la habitación contigua, el dormitorio principal. Dejó la puerta del rellano abierta y se aventuró a inspeccionar el resto del inmueble.

Los muebles del salón habían sido tapados por sábanas, y al fondo, una pequeña ventana daba al patio exterior del edificio. Contabilizó las pertenencias que se encontraban en el salón y abrió la puerta de la habitación principal. Estaba completamente vacía, despintada y con moho en las paredes, detalles que anotó cuidadosamente en su cuaderno. Enfrente de la puerta había una ventana que mostraba el exterior de extrarradio donde se ubicaba el edificio.

Juan cerró el cuaderno y dio media vuelta, pero al volver tras sus pasos, reparó en que la puerta por la que había entrado se encontraba rodeada de dos puertas más, que a juzgar por la apariencia del domicilio, no podrían llevar a ninguna parte. Cerca de la puerta por la que había entrado, había una nota. Juan caminó dubitativo hacia ella y la sujetó con fuerza.

“Los he perdido todos. Ya no me queda ninguno. Mamá no me reconoce. Los quiero todos de vuelta.”

Leyó la nota con perplejidad mientras caminaba agitado por la habitación, echándole un vistazo al impertérrito exterior, que no había variado en absoluto, y reparando una vez más en la acumulación mohosa de la pared.

-El moho – pensó. – Este moho me está haciendo tener alucinaciones. Debo apuntarlo en los detalles del inmueble. Aquí hay un grave problema sanitario, sí. Eso es lo que está pasando. Lo único que está pasando. – Posó sus manos con determinación en el alféizar de la ventana: La gente discurría naturalmente por las calles del extrarradio, mientras un leve manto de nubes empañaba la luz del sol.

Se metió la nota en el bolsillo y con gran nerviosismo se encaminó hacia las tres puertas y entró por la de la izquierda. Nada más traspasar, temblorosamente, el umbral, empezó a oír como las demás puertas eran golpeadas desde dentro creando un ruido realmente molesto y ensordecedor que le obligó a cerrar la puerta tras de sí.

La habitación estaba a oscuras, a expensas de una gran pantalla de ordenador que la iluminaba parcialmente, dejando ver una silueta sentada ante ella. En la pantalla aparecía una niña sonriendo. Juan conocía muy bien a Mónica, era una niña simpática, de exactamente 7 años, con la que hablaba cada día. Tenía un pelo precioso, rubio y algo alborotado, y los ojos azules, ojos que siempre recordaba pequeños y tristes, pero era una niña tan bella, que dejar de pensar en ella le resultaba perturbador.

Repentinamente, la silueta comenzó a convulsionar y agitarse de manera violenta, mientras articulaba un sonoro gemido. Parecía desdibujarse, desaparecer. Sus gemidos no le dejaban oír lo que Mónica estaba diciendo. A medida que se acercaba, la figura le iba resultando cada vez más familiar, y al llegar a su lado paró un momento junto a ella antes de tocar lo que parecía su hombro. 

La silueta gritó y se giró, dejando al descubierto los rasgos del propio rostro de Juan para luego convertirse en cenizas. 

Mónica sonreía desde la pantalla, como una grabación en bucle.
“Me duelen los dientes”

Aterrado, Juan dio media vuelta y se apresuró a volver por la puerta por la que había entrado, donde volvió a encontrarse con aquella habitación con moho en las paredes.

Apoyó su espalda contra la puerta y metió sus manos en los bolsillos, pudiendo tantear la nota recogida anteriormente y el pequeño diente que había cogido al entrar en el piso. Juan sentía una fijación enfermiza por notar su frío tacto, por cada oquedad de su marfilino esmalte. Suspiró mientras recordaba dónde se encontraba. Estaba preocupado por su estado físico y mental, estaba claro que aquello no podía estar ocurriendo, cuando los policías se percatasen de que él no salía del edificio irían a buscarle, y seguramente lo hallarían en aquella misma habitación, tendido en el suelo y sufriendo alucinaciones. Sacó las manos de sus bolsillos, puso la mano sobre el pomo de la puerta de en medio y la abrió con un golpe suave.

Cuando dio su primer paso pudo observar que el suelo estaba recubierto de cuchillas de afeitar oxidadas. Había una gran ventana al fondo, abierta de par en par, por la que entraba una pristina claridad que incidía sobre el alicatado de baldosas blancas del que se recubría la pared. La habitación estaba atestada de materiales: Una soga colgaba de una tubería superior junto a la ventana, en una encimera rectangular a su derecha, había todo tipo de instrumental quirúrgico, pastillas desperdigadas, una pistola sin gatillo y varias botellas vacías de vodka blanco, de la misma marca que bebía su padre. Pero, de todas aquellas cosas, lo que más llamó la atención de Juan fue el intenso rojo con el que se esgrimían las letras de la palabra MONSTRUO, escritas sobre la pared. 

Juan se apresuró a asomarse por la ventana. La luz blanca hería sus ojos, y a duras penas pudo observar que la caída hasta el suelo era tan larga que no podía ver el final. Al volverse, pudo ver entre el instrumental una pequeña bandejita de plata en la que reposaban unos alicates al lado de otra nota.

“Tú tienes los míos y yo quiero uno tuyo.” al lado de un esquema bucodental que parecía haber sido extraído de la consulta de un dentista.

Juan respiró agitado, como si hubiera sido testigo de una absurda revelación. 
- Mi mente está jugando conmigo. – Atisbó una leve sonrisa. – Ella está muerta. Y sólo yo lo sé. – Dio varios pasos atrás mientras pensaba sobre quién o qué podía estar haciéndole eso. Debían ser alucinaciones, porque era imposible que nadie estuviera chantajeándole con algo que tan minuciosamente había mantenido en secreto durante meses.

Divagó por la habitación nerviosamente, volvió a asomarse a la ventana, intentó abrir la puerta por la que había entrado con todas sus fuerzas, pero ésta ni siquiera cedía. Agotado, esperó durante lo que le parecieron horas, sentado en una esquina de la habitación, con la nota justo enfrente de su línea de visión, pero la escena no variaba.

Volvió a levantarse. Repentinamente, el plan de bajar por la fachada hacia la ventana del piso de abajo no le parecía tan malo como antes. Agarró firmemente el travesaño de debajo del alféizar y se dejó caer lentamente mientras sus temblorosos pies buscaban torpemente alguna oquedad a la que aferrarse. Consiguió tomar como apoyo la cornisa del piso inferior y lentamente pudo posar sus pies sobre el alféizar y entrar por la ventana abierta.

Resopló unos instantes y levantó la vista: De alguna manera, había vuelto, una vez más a la habitación de la que había salido minutos atrás, pero esta vez, las letras de las pared eran sustancialmente más grandes y se dibujaban por encima del mobiliario. 

Reacio a aceptar las órdenes de la nota, del que se encontrara tras ella, o de sus propias alucinaciones, se asomó de nuevo por la ventana,  por la que seguía sin ver el final del edificio, y volvió a deslizarse por la fachada para buscar una salida un piso más abajo. Se deslizó buscando los puntos de apoyo que había encontrado en el piso anterior y consiguió llegar a la siguiente ventana. Estaba fuertemente cerrada y de su interior sólo podía ver una enorme nota en la pared del fondo: 

“Tres por tres. Ese es el trato. Tú tienes los míos y yo quiero los tuyos.”
Se agazapó como pudo en el minúsculo alféizar e intentó golpear el cristal con pies y manos sin ningún éxito. Aterrado, se dispuso a volver a bajar por la fachada hacia el piso siguiente, pero sus pies no encontraban la cornisa. No podía seguir sujetándose, sentía que iba a caer, pero por casualidad, metió el pie en una salida de humos y pudo tomar apoyo para bajar hacia la siguiente ventana. De nuevo, se erguía ante él la misma habitación de la que había huido dos pisos atrás, pero esta vez, las letras rojas de la pared en las que podía leerse MONSTRUO, habían sido dibujadas a mayor escala, tomando parte del techo y el suelo. 

Frustrado, fatigado y confundido, se tendió en la misma esquina, con la nota ante sus ojos. Cerró los párpados fuertemente, esperando despertar, y finalmente, se levantó.
– Tres. – Suspiró. – Sólo 3.

Puso los alicates entre sus molares lo más rápido que pudo, con el fin de no pensar demasiado en lo que estaba haciendo, y tiró con fuerza. La muela salió de manera casi instantánea y tiñó la bandejita con dos gotas de sangre. Apenas notó más que un ardor húmedo y el amargo sabor de su propia sangre en la boca. El segundo diente, uno de sus colmillos, se le atravesó: Tiró de él con fuerza y no hizo más que partirlo, provocándole sólo un pequeño pitido en sus oídos y retociéndolo sobre su encía, por lo que fue mucho más difícil extraérselo.
El tercero fue completamente diferente: Notó desde el frío de los alicates sobre el esmalte hasta la violenta incisión en cada uno de sus nervios. Su visión se nubló y perdió el equilibrio, de tal manera que cedió e hincó sus rodillas en el suelo, repleto de cuchillas.

Cuando consiguió levantarse, oyó un sonoro golpe en la tubería que se encontraba junto a la ventana y observó cómo la soga caía por ella, creando una arriesgada vía de escape.

Juan se asomó por la ventana y tiró de la cuerda para asegurarse de que soportaría su peso. Echó un último vistazo a la habitación y reparó en la sangre que se encontraba bajo sus dientes, encima de aquella bandeja plateada. 

Apoyó los pies en el alféizar de la ventana y comenzó a descender por la fachada del edificio. Su meta era la ventana del piso de abajo, tras la que se encontraba la habitación de las tres puertas. Resignado, abrió la ventana y entró en ella.

Estaba fatigado, hambriento y desesperado. La boca le sabía a óxido. Se sentó, jadeando por el esfuerzo, en una esquina de la habitación y lloró amargamente durante tiempo indefinido. Al recuperar el hálito, se asomó a la ventana y descubrió la misma vista del principio: El barrio de extrarradio, el sol empañado por las nubes, los viandantes, como sin alma, recorriendo las calles sin reparar en el hecho de que en aquél apartamento, un hombre gesticulaba y gritaba hasta quebrarse la voz.

Como un ente sumiso, volvió a mirar las tres puertas: Sólo quedaba por visitar una más. Quizá fuera esa la que le sacaría de allí. O quizá, simplemente, fuera otra treta de su mente para mantenerle ocupado mientras deliraba. Agarró el pomo con todas las fuerzas que le quedaban y tiró de él para abrir la puerta.

La puerta se cerró tras él, pese a sus fútiles intentos por mantenerla abierta. La habitación estaba completamente a oscuras. Estiró la mano para tantear el interruptor y sintió como algo empezaba a corretear justo a su lado. Nerviosamente, consiguió accionar el interruptor.

Una bombilla parpadeó en medio de la sala. Bajo ella, Mónica, vestida solamente con unas braguitas rosas, mordía su propio brazo derecho, que sangraba abundantemente y manchaba todo su cuerpo.

“Me duelen los dientes” musitaba mientras no dejaba de morderse a sí misma de manera enfermiza. “Quiero mis dientes”

Juan retrocedió. No podía creérselo. Mónica estaba allí. Estaba viva. Y estaba buscando el único recuerdo que él había guardado de ella.

La niña dio un tosco paso hacia él, seguido de otro, y otro más.
“Me duelen” decía, sin dejar de morderse el brazo. “Devuélvemelos”

Juan reculó hasta encontrar tras de sí la puerta por la que había entrado. Sujetó el pomo y lo agitó con todas sus fuerzas.
“¿Tienes miedo?” dijo Mónica, mientras se aproximaba inexorablemente a Juan “¿Es que ya no te parezco guapa? ¿Es que ya no quieres tocarme?”
– No, no, no, por favor, NO – Juan cerró fuertemente los ojos, esperando despertar de esa terrible pesadilla.

Juan despertó sofocado y se palpó el rostro: Estaba empapado en sudor. Poco a poco se hizo con el control de su cuerpo. Tocó a su alrededor y pudo reconocer la estructura de su propia cama. Suspiró aliviado hasta que su mano topó con el diente que guardaba en el bolsillo. Rápidamente, alzó la mano para accionar el interruptor.
La luz no encendía, pero pudo tantear angustiosamente la vela y las cerillas que guardaba en su mesilla de noche. Nada más encender la vela, observó que su cuerpo estaba colmado de mordeduras de pequeños dientes dispares. Casi sin aliento, comenzó a oír el gemido de Mónica, que arañaba la pared en el cuarto contiguo. Levantó la vela para aproximarse a la puerta y huir de allí, pero ya no había puerta. Ya no había nada. Sólo su habitación sin salida, el gemido de la niña y una vela que pronto dejaría de lucir.

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