Mi muy estimado amigo:

Como os tengo por hombre de buena fe sólo me queda suponer que si os halláis en disposición de leer estas letras será porque he desaparecido en extrañas circunstancias.

No os daré la ubicación de mi paradero, porque quizás ya no me halle más que tendido en tierras desconocidas, ni espero que intentéis encontrarme, pues tras descubrir la verdad tendréis a bien estimar el peligro que ello supondría.

Sin más preámbulos, os he de descifrar el enigma que se esconde tras mi desbaratada huída:

Bien sabéis, viejo amigo, que nos conocimos en la más tierna infancia, y que, sin duda alguna, habéis sido siempre el amigo del que mejor he dispuesto para todas mis andanzas literarias y personales. Pero en mi hondo corazón yacía un secreto imposible de ser desvelado, incluso para vos. Y creo que sois merecedor de conocerlo tal y como yo lo viví.

Corría el año 1753 y en plena ebullición de mi adolescencia descubrí mis dotes literarias y cómo éstas podían trasladarme de manera casi mística a los parajes que concebía mi imaginación. Comencé expresando mis más profundos anhelos de juventud, aquella ilusión que ardía en mi pecho y que pecaba de inocencia y vivacidad.

Éstos escritos de verdad me hacían vivir experiencias magníficas que llenaban de júbilo mi rostro. No fueron pocos los que me revelaron que, en aquella época, mirando mis ojos llenos de luz y la sonrojada tez de mis mejillas, habían sentido en su interior verdadera calma.

Pero… ¡Ay, amigo! Con la edad, la felicidad huyó de mi lado como poseída por el mismo demonio. La violenta muerte de mi prometida, Gabrielle, fecundó en mi alma la tristeza, que desgarró mis entrañas cual feroz bestia.

Mi poesía tornó amarga, y desvaído mi andar. Aquella tez sonrojada volvióse lívida, como la de un condenado a la horca, y mi pluma, poseída por el mismo mal, comenzó sin tregua a desvelar los secretos de la propia muerte.

Allí comenzó mi extraña dolencia. La ponzoñosa tinta de mis letras envenenó mis dedos, tiñiéndolos de un color verdoso y putrefacto. A pesar de la clara intoxicación de mi cuerpo, mi imaginación no dejaba de parir sus mortales desvelos, y pronto el brazo adaptó ese mismo tono.
Las pústulas emergieron en mi piel de manera incontrolable, mientras el mismo mal se extendía por mi rostro, pierna y tronco, como brotando en mí la amarga semilla de la muerte.

Ocultarlo ya era imposible, tan verdosa y amoratada era ahora la anatomía de mi lado derecho que extraño sería contemplarme sin emitir un sonoro grito de pavor.

Me hice con los cortinajes más gruesos de mi armario y tapé sendos ventanales de mi alcoba con el propósito de ocultarme de mí mismo y de los demás.
Así escribía en soledad, secuestrado en la oscuridad de mis propios pecados. Había dado orden de colocar mis alimentos en una trampilla improvisada en las raíces de la puerta para así mantener mi miserable existencia, mortecina y siniestra, sin síntomas de mejoría.

Y os preguntaréis ¿A qué se debe éste deprabable estado del cuerpo? Pues bien, he aquí el enigma, el secreto mejor sellado por mis labios que ahora os revelarán mis palabras bañadas en tinta.

A fin de celebrarse los nupcios finales, mis nervios ante Gabrielle turbaban todos mis sentidos. Su sóla presencia evanescente me llenaba de orgullo, pero luchar contra mis más bajos instintos se me antojaba imposible…

¡Amigo! ¿En qué momento pude yo pensar que los estadíos del cuerpo mermaran así el alma?
Esa noche, por su vivaz y alocada rebeldía, escapose a mi alcoba a compartir palabras de amor… Pero no encontraría más que mi sangre efervescente atacando la pureza de su cuerpo en una de mis divagaciones literarias y místicas. Tan reales se antojaban en mi mente, que separarlas de la realidad era totalmente imposible.

Mi estado de enajenación se disolvió en el acto, pero ella ya no sería la misma. Había sido mancillada y degradada por su futuro esposo, aquél que debía amarla y respetarla hasta el final de los días.

Rápidamente intenté redimir mi error, mirarla con mis ojos llenos de lágrimas. Pero, como muerta, yacía perdida su mirada en el vacío.
Le rogué y le rogué, pero no me miraba. No me miraba. Tuve que hacerlo. ¡Lo hice por ella!¡Jamás podría ser feliz sin mí!¡Y menos conmigo!

La abracé fuerte contra mi pecho, tan fuerte que le negué el derecho al aire. Y así, sin queja alguna, murió ante la misma mesa sobre la que os confieso mi crimen.

Yo quedé vivo porque mi cobardía hizo gala de sí. Su cuerpo fue arrojado al río y arrastrado por la corriente al ancho mar.

Ahora me vela, me turba, me espera, y pronto me reuniré con ella para sufrir el mismo mal.

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