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I.

El estruendo de la alarma hizo retumbar su eco por toda la habitación. En la oscuridad, Lars tanteó el viejo despertador y apagó su sonido de un manotazo.

Aunque aún no había amanecido, sabía que sería un día gris. Se levantó lentamente y posó sus pies sobre la roída alfombra del suelo, cogió sus gafas de la mesilla y se levantó emitiendo un lastimero suspiro.

Aún a oscuras, atravesó el salón en silencio y pulsó el interruptor para iluminar la estancia. Con un leve gesto de satisfacción, volvió a pulsarlo para hacer volver la oscuridad.

 

El salón era ridículamente pequeño, y el escaso mobiliario contaba con apenas una mesa de plástico, un flexo y una silla desplegable. Los libros invadían cada rincón. Lindando con el pasillo que llevaba a la puerta de entrada, había una cocina americana con una pequeña nevera, cafetera, microondas y un rudimentario fogón de gas. Lo único que hacía aquél lugar reseñable era aquel enjambre de alambre que presidía la sala. Estaba adornada con pequeñas cuentas de colores, arandelas y viejos trastos de metal. Junto a ella había una gran pizarra de superficie blanquecina con varias operaciones matemáticas escritas.

Lars se dirigió a la cocina y pulsó el botón de la cafetera. Como un autómata, siguió el camino directo al baño y encendió la luz. El tubofluorescente parpadeaba sobre los azulejos de las paredes. Desde el espejo, un rostro oscuro y desvaído le devolvía la mirada. Se acercó a la única ventana de la casa, cerca de la bañera, y destapó la jaula de metal en la que vivía su única compañía. En seguida, el jilguero revoloteó y empezó a entonar una hermosa melodía. Se lavó la cara y salió con el pitido de la cafetera. Eran las 5 de la mañana. Lars no entraba a trabajar hasta las once, pero para él, resultaba mucho más importante dedicar sus primeras horas de lucidez a materias más importantes. Se sentó en la mesa y encendió el flexo, cogió el libro de cuentas más próximo a él y empezó a hacer ecuaciones, desarrolando la teoría de Yang–Mills. Cuando quiso darse cuenta eran las once menos cuarto y todavía no se había terminado su taza de café, así que la apuró mientras se ponía los zapatos y salió a la calle apresuradamente.
No había sido un día muy provechoso para su desarrollo de la teoría de cuerdas, pero siendo realistas, ningún día lo era. Tenía en mente tantas hipótesis y teorías rechazadas por la clásica física relativista, que realmente no tenía claro si su estudio era real o se basaba en términos ficticios.

 

Ensimismado en sus pensamientos, caminaba hacia la fábrica con paso ligero cuando le pareció tener un “dèja vu”. Desde la acera de enfrente, un gato negro, de tupido pelaje y penetrantes ojos amarillos le miraba sin pestañear. Pasó de largo sin darle más importancia, pero le pareció haber visto a ese gato antes en algún lugar. Entró con paso firme en la fábrica, pero el ambiente vetusto del local le achantó en seguida. La fábrica seguía igual desde hacía ya varias décadas. El día allí era un pequeño mundo que se creaba y destruía en el periodo de tiempo de un turno, para volver a nacer al día siguiente.
La fábrica era un local grande y rectangular en el que se amontonaban en orden distintas filas de aparataje, en el centro, culminando en una gran chimenea, se situaba el horno, y de él salían distintas cadenas de montaje. El verde de la luz reflectada en las botellas le daba a la estancia un aire tétrico. Al fondo, sobre una estructura de metal, en la elevación de un segundo piso, estaban las oficinas. Cada trabajador llevaba una indumentaria característica que consistía en botas aislantes, con punta de metal, malla para el pelo, gafas de protección y guantes ignífugos.

En ésta ocasión le había tocado trabajar en la cadena de control de calidad. Su trabajo consistía en observar las filas infinitas de botellas verdes para controlar posibles errores de fabricación. Solía hacer su trabajo de manera mecánica, dejando volar sus pensamientos. La jornada estaba siendo bastante llevadera hasta que la voz de uno de sus compañeros le sacó de su ensueño; Al parecer, había sido enviado

por el jefe para hacerlo llegar a su despacho.

 

Förckare Sprutön provenía de una familia adinerada y había heredado la empresa de su padre al negarse a seguir con sus estudios en la universidad de Medicina. Tenía un carácter sobrio y autoritario, y desempeñaba sus funciones rigurosamente. Rara vez hacía llamar a un empleado a su despacho, a no ser que se tratase de un despido improcedente o algún accidente laboral, por ello, mientras Lars subía las toscas escaleras de metal, empezó a preguntarse el motivo de la reunión repentina.
Cuando entró en el despacho, el Señor Sprutön estaba firmando algunos papeles mientras atendía una llamada de teléfono. Invitó a Lars a sentarse con un sútil gesto.

Lars esperó convenientemente mientras echaba un vistazo alrededor. Era un despacho pequeño pero decorado con estilo, la mesa en la que se encontraba Sprutön estaba fabricada en roble macizo, y sobre ella había una lámpara de mesa junto a una fotografía en la que se podía ver al jefe sonriente junto a su mujer. Al lado de ambos había un chico de aire desaguisado y una chica con un vestido rojo que le resultaba extrañamente familiar. Mientras se fijaba en éste detalle, el señor Sprutön colgó el teléfono.
– Siento haberle hecho esperar, señor Erik. – la dialéctica del señor Sprutön rebosaba diplomacia por cada uno de sus fonemas. – Espero que perdone el haberle hecho llamar.
– No se preocupe. – Lars quería decirle que cualquier cosa distinta que ocurriera en aquél lugar era motivo de dicha, pero se lo calló con una leve sonrisa.
– El motivo por el que le he llamado es mi hija Rött. – A Lars se le hizo un nudo en el estómago. Tanto su aspecto como su nombre le eran realmente familiares. – Últimamente tiene algunos problemas con los estudios, y revisando su historial pude observar que usted tiene gran habilidad con las matemáticas.
Lars asintió. – Puede decirse así…

– ¡Vamos!, no sea usted modesto. – Sprutön interrumpió con un ligero aire de condescendencia mientras revisaba entre sus papeles el currículum de Lars. – Aquí dice que fue usted uno de los alumnos aventajados de la promoción del 58, consiguió una Beca de la universidad Sueca de física y terminó la carrera con matrícula de honor.
Lars asintió.
– Tan sólo me pregunto, por mera curiosidad, qué sería lo que le trajo a un pueblo industrial donde desempeñar su carrera es prácticamente imposible… – Sprutön miró al infinito un instante. – Pero ese no es asunto mío. – Sonrió. – ¿Cree usted entonces que podría dar alguna clase de matemáticas a mi hija? Será remunerada, por supuesto.

 

A Lars se le cortó la respiración durante un instante. Se sentía como si acabase de despertar del sueño en plena fase REM. No era capaz de vislumbrar las consecuencias positivas o negativas que tendría aceptar ese trabajo, pero dentro de él nacía un sentimiento de apego hacia esa chica que aún no conocía y que lo impulsó a asentir con una sonrisa.

– Claro, ¿Por qué no? Me mantengo al día con mis estudios y… No creo que el nivel de su hija sea muy complicado.

– Excelente, señor Erick, excelente. – Sproutön se acomodó en su silla con gesto victorioso. – ¿Le viene bien venir a casa mañana? Es el único día en que mi hija no tiene clases en el conservatorio.

– Perfecto.
Aquél día se permitió el capricho de salir unos minutos antes de la fábrica. Eran las 5 de la tarde y no había comido nada desde el desayuno, así que paró en un establecimiento y encargó un plato de Pyttipanna para llevar. Se dirigía, como cada día, al centro Psiquiátrico Rubbad, al oeste del centro industrial de la ciudad.

 

Cuando hacía buen tiempo solía ir en bicicleta, pero la cruda temperatura invernal y las placas de hielo en las calles hacían imposible usarla en ésta época del año. Al llegar al centro, saludó amablemente a la recepcionista y, sin necesidad de identificación, accedió al salón de recreo, se acercó a la esquina, sorteando a los pacientes, y se sentó frente a una señora de pelo canoso.
– Hola Mamá. – Minerva Erik se sentaba, como cada día, en la misma mesa y miraba con la mirada desenfocada a la misma ventana. – ¿Cómo estás hoy?

– ¿Me lo preguntas en serio?¿De verdad quieres que te conteste? –Minerva frunció el ceño y miró a su hijo con desdén. – ¿Cómo quieres que esté? Jodida. Estoy Jodida. Y tú tienes la culpa de todo.
Lars permaneció callado mirando por la ventana. Después de unos minutos de silencio, amenizado por un programa de humor en la televisión y algunas carcajadas lejanas a destiempo, Minerva cambió de tema radicalmente. – ¿Cómo va la investigación? ¿Has hecho algún avance sobre la teoría cuántica de Hugh Everett?
Lars suspiró. La intensa obsesión sobre esa maldita teoría le había precipitado su locura…

– En realidad, Mamá, estoy explorando un enfoque alternativo, aplicando teorías de la supersimetría. – Carraspeó. – Sabes que las “realidades paralelas discordantes” que implican esa matriz produce tanta incertidumbre que solo puede desarrollarse con métodos heurísticos. Los ordenadores explotan. Sin embargo, las observaciones en los colisionadores, también pueden explicarse de una manera más elegante derivando los estados vibracionales hacia la ausencia absoluta de energía. Entonces se desarrollan todas las dimensiones y las temporales pueden utilizarse igual que las dimensiones espaciales, y son posibles saltos hacia delante o detrás y cambios de velocidad temporal.

 

Minerva observaba a Lars enfadada, con una concentración punzante.
– Hijo, estoy convencida de que la hipótesis formulada por Hugh Everett es cierta, siempre han existido realidades paralelas.

 

El la recordaba de pequeño. Miles y miles de cuartillas garabateadas por todo el salón, aplicando sus ecuaciones iterativas a bolígrafo, cuando los ordenadores eran una fantasía.
– Si te basas en los principios de la teoría heterótica-0, la matriz de Kaluza-Klein puede estar incluida.
Lars había adoptado una sonrisa y no podía parar de hablar.

– Todo el mundo emplea altas energías, obsesionados con romper la materia y no se han dado cuenta que es en su ausencia cuando se desarrollan las otras dimensiones y la teoría de Yang-Mills va perdiendo su incertidumbre…

 

– Entonces, quieres decir…

Lars sacó un papel arrugado del bolsillo de su chaqueta – Si hacemos que la entropía tienda a infinito, entonces, estos términos…

 

Minerva y Lars hablaban enérgicamente durante horas. La desmejorada e irascible madre de Lars se había convertido con el tiempo en la única persona con la que hablar de su investigación. En tiempos mejores, Minerva había sido catedrática en la universidad de matemáticas de Estocolmo, pero su carrera se vio truncada al ser víctima de un grave caso de esquizofrenia. La relación con su hijo era completamente intelectual. En el ámbito emocional, Lars había tenido grandes carencias desde que su padre desapareció, pues Minerva no poseía la calidez que caracteriza a una madre.

A las ocho, como cada día, Lars partía rumbo a casa. El cielo estaba totalmente oscuro y las estrellas brillaban con fuerza. A lo lejos se oía a varios niños volviendo a casa, y podía percibirse el olor a salmón de la cena. A Lars sólo le esperaba su caótico y diminuto apartamento, pero al menos desde que el jilguero vivía con él, parecía más acogedor.

 

Mirando atrás, y casi sin darse cuenta observó como el gato que había visto por la mañana saltaba desde un cubo de basura y se deshacía en la penumbra.

 

II.

Aquella noche, Lars se despertó sobresaltado. Alguna delirante artimaña de su subconsciente le había puesto al corriente de una nueva idea que no podía esperar a que amaneciera. Se levantó rápidamente y encendió el flexo del salón.

La pizarra yacía impasible en el centro de la sala, con la ecuación que tantos años le había costado formular. Cada respuesta, cada argumento terminaba siendo descartado, pero ésta vez creía estar tras la pista de una solución correcta, lo cual le llevaría bastante tiempo.

Sin darse cuenta, habían pasado cinco horas desde que empezó a modificar la ecuación, aplicando Czimosky. Tan exhausto fue su trabajo que cayó dormido, sin quererlo, ante la hoja donde estaba probando sus cálculos.

Aquella mañana no le despertó el despertador, ni el canto del jilguero, fue el ruido del teléfono, tras el cual se encontraba el señor Sprutön con un fingido interés por la salud de Lars. Desde hace 20 años, jamás había faltado a sus obligaciones, y una falta inadvertida podía haberle costado el puesto, pero gracias al trato que habían pactado el día anterior, todo se quedó en una simple advertencia.

– Entonces… – inquirió Sprutön con aire taciturno. – Lo de esta tarde sigue en pie, ¿verdad? – Por supuesto… y, ah… Perdone mi despiste, jamás me había ocurrido con anterioridad. No volverá a ocurrir. – ¡No se preocupe, hombre, todos cometemos fallos de vez en cuando! – Sprutön parecía estar haciendo cualquier otra cosa mientras hablaban, porque sus palabras bien necesitaban ser infladas con un poco más de dinamismo. – Te esperamos en casa sobre las 5, ¿Te viene bien?

– Sí

Cualquier hombre con un mínimo de ambición habría sentido severa envidia al observar el exterior de la casa que el señor Sprutön compartía con su familia. En medio de una pequeña ciudad industrial, se erguía un caserón de corte victoriano rodeado de verdes jardines bañados por un manto de nieve. Su interior estaba exquisitamente decorado al estilo minimalista, pero tanto paredes como suelos, seguían conservando el estilo antiguo de la revolución industrial, lo que le otorgaba a la casa cierto aire de distinción.

Lars fue recibido por el servicio, que le condujo directamente a la habitación donde Rött estudiaba. Era un antiguo salón de música que conservaba el arpa y el piano de la época, pero que había sido remodelado para hacer las veces de estudio y biblioteca.

La chica de la limpieza pidió un poco de paciencia, ya que Rött estaba terminando sus ejercicios diarios de canto, y seguramente no tardaría demasiado en llegar, así que dejó su maletín encima de la mesa e intentó concentrarse en sus pensamientos, pero la dulce melodía de Rött lo distrajo como nunca antes nada lo había conseguido.

Su voz era grácil, fluída, como la de un jilguero. Estaba perfectamente amaestrada, como una bestia que baila al son de la flauta. Lars no había escuchado nada igual jamás.

– Lo siento mucho. – Cuando Rött apareció, vestida de rojo, lo hacía realmente avergonzada y con la cara sonrosada. – No quería hacerle esperar, pero mi padre no contó con que es necesario que ensaye a la misma hora cada día. – No es molestia, tranquila. – Lars pensó que había sido la espera más dulce de su vida. – La próxima vez vendré más tarde.

– Se lo agradecería. – Dijo Rött sentándose enfrente de Lars. – Bueno, me han dicho que necesitas mejorar en matemáticas…

– Sí. La verdad es que no se me dan nada bien. – Rött miró al infinito. – No me interesan. ¿Sabes…? Me gustaría dedicarme al canto lírico, pero mi padre se empeña en hacerme estudiar una carrera.

– Entiendo… – Lars se sintió irremediablemente identificado con ella. En su caso, sus deseos eran los contrarios, pero habían sido frustrados por la intervención paterna de igual modo. – Pero no te preocupes. Yo te ayudaré con los estudios y te será más fácil dedicarte al canto.

Rött no pareció del todo satisfecha, pero insistió en comenzar la clase cuanto antes. La chica pecaba de falta de interés, pero era despierta y totalmente capaz, siempre que prestara un poco de atención. En una sola clase fue capaz de entender la mitad del temario.

A la mañana siguiente, Lars se levantó con una idea fija; Debía plasmar sus investigaciones en el modelo a escala de la teoría de cuerdas que había construido en medio del salón. La enorme mole de alambre enrollado se erguía desde la lámpara hasta el suelo, y tenía colgados distintos tipos de abalorios y cuentas que representaban estados de la energía. Así, teniendo un esquema vivo de la descomposición del universo, le era más fácil operar tomando una base práctica. La adaptación de las ecuaciones al ámbito práctico, le llevó más tiempo del que esperaba, por lo que casi volvió a faltar al trabajo.

Tomó el camino hacia la fábrica apresuradamente y al llegar percibió algo totalmente inexplicable; El ambiente verdoso que producía la luz reflejada en las botellas había pasado a ser un ambiente cálido, incluso veraniego, ya que las botellas habían tornado su color al rojo. En más de veinte años trabajando allí, Lars jamás había experimentado un cambio similar. Fichó y se dirigió a los vestuarios, abrió el candado de la taquilla y se sorprendió al descubrir que su uniforme de trabajo había adoptado el mismo color que las botellas.

Oyó un ruido tras de sí y se giró para observar como aquel gato negro que había visto con anterioridad le sostenía la mirada. Confundido, se vistió a toda prisa y ocupó su puesto de trabajo con la esperanza de que dieran una explicación de lo que estaba ocurriendo.

Su turno había terminado y sus preguntas no habían sido resultas. Teniendo como referente la proclive enfermedad de su madre y el comportamiento previo al pronóstico, optó por no preguntar por los cambios en la fábrica. Sólo tenía claro que no sabía qué estaba pasando.

III.

El señor Sprutön volvió a llamar a Lars a su despacho. Lars llevaba dándole clases a su hija cerca de un mes, y sus calificaciones habían progresado mucho desde entonces. Subió las escaleras y se dirigió a su despacho… O adonde él creía que se encontraba. Al abrir la puerta se sorprendió descubriendo el cuarto de calderas, que originariamente se encontraba en el piso de abajo. Volviéndose a encontrar confuso y trastornado echó un vistazo alrededor y halló el despacho en el primer piso, al lado de los contadores.

– Buenas tardes, señor Erik. – Sprutön parecía contento y agradecido. – Veo que han ido bastante bien las clases con Rött. Mi hija está encantada.

– Gracias. – Lars se sentía halagado pero su rostro denotaba cierta preocupación por los extraños sucesos acontecidos. – Mi hija me ha hablado de su investigación. – Sprutön se acomodó en su silla de piel. – Es un alivio pensar que no todos los empleados de esta fábrica son unos ineptos. – El tono de compadreo que adoptó se vio rápidamente sofocado en cuanto observó el rostro impasible de Lars. – Dígame, quizás pueda ayudarle. ¿En qué consiste su investigación? – Verá… – Lars observó el rostro atento de su jefe. – Intento probar La teoría de supercuerdas …es un esquema teórico para explicar todas las partículas y fuerzas fundamentales de la naturaleza en una sola teoría, que modela las partículas y campos físicos como vibraciones de delgadas cuerdas supersimétricas, las cuales se mueven en un espacio-tiempo de más de once dimensiones. Mis… Estudios… en éste momento… se basan en solventar matemáticamente la ecuación, utilizando Csimosky, que unificaría las once dimensiones haciendo ésta teoría plausible.

Sprutön tenía cara de no haber entendido una sola palabra de las que su interlocutor se había esforzado en decir. – Ya veo.. – carraspeó. – ¿Y cómo van sus… cálculos?

– Bueno… – Lars sonrió. –  creo que estoy cerca de dar con la solución.

– Me alegra. Se ve que está usted bastante volcado en sus estudios. – Sprutön se incorporó en su asiento. – Quería preguntarle si podría adelantar la clase de mañana, Rött tiene uno de sus… recitales y no quiero que la pierda.

– No hay problema.

Aquella tarde, Lars cogió su cuaderno y un viejo bolígrafo y fue directo a la casa del señor Sprutön. Había vuelvo a olvidarse de comer, pero su estómago no había requerido su atención en toda la tarde.

– ¡Solista! ¡Es la primera vez que soy solista! – Rött estaba flagrante de alegría. Estaba nerviosa por su inminente puesta en escena y desprendía el candor de las jóvenes promesas. – ¡Habrá profesores del conservatorio Edvard Anderson! ¡Puede ser mi gran oportunidad!

– Me alegro mucho por ti, se nota que tienes muchísimo talento. – Lars sonrió.- ¿Crees que podré ir a ver como lo haces? – ¡Claro! – Rött se sentía halagada. Toda la atención que su padre no le prestaba era encauzada hacia Lars. – No es muy caro y necesitaría un poco de apoyo.

– Allí estaré, tranquila. Pero ahora tendremos que ver como llevas los polinomios.

Aquella noche, al llegar a casa, Lars no oyó el cantar de su jilguero. Normalmente, su melodía lo saludaba al llegar a casa, y, extrañado, fue ver qué ocurría. Lo encontró muerto en su jaula y sintió un ligero atisbo de culpabilidad por no haber estado en el momento de su defunción. Estaba tan cansado que decidió dejarlo allí por el momento para deshacerse de él al día siguiente.

Abrió la nevera, observó que no quedaba absolutamente nada de comoda y, apenado, se fue a dormir.

Se despertó con el suave pelo rubio de Rött junto a su almohada. El sol reflejaba las luces doradas de sus pestañas y hacía su piel resplandeciente. Parecía haber envejecido diez años, pero su belleza quedaba impasible ante el paso del tiempo. Permaneció observándola, confundido, hasta que abrió los ojos y ella lo abrazó con una sonrisa. Se besaron apasionadamente. Lars no sabía qué estaba pasando, pero tanto la estructura de su cama como las sábanas parecían distintas, más confortables, y Rött actuaba con total naturalidad.

– Siempre me despierto mientras me observas. – Rött se estiró de manera presumida. – No sabía que me había casado con un pervertido. – Sonrió. – No, ni… Ni yo tampoco. – Lars titubeó, pero no tuvo más remedio que sonreír mientras veía como Rött se levantaba desnuda de la cama.

– Esta noche tengo actuación. Vas a venir a verme cantar, ¿verdad? – Rött comenzó a vestirse con delicadeza. – No sé qué haría si no estuvieras allí conmigo.

Sonó el despertador y Lars sintió como si le despojaran de su mayor tesoro. Todo había sido un sueño. Se levantó toscamente de la cama e intentó recordar la realidad. El sueño había sido tan profundo que no había sido capaz de descansar en toda la noche.

Encendió la cafetera y entró en el baño. Inexplicablemente, el jilguero estaba cantando otra vez.

IV.

Era sábado y Lars se preparaba para dedicar el día entero a su investigación, pero cuando se sentó en la mesa y encendió el flexo se dio cuenta de que llevaba dos días sin comer y no tenía nada en la nevera, así que cogió su chaqueta y se fue a hacer la compra.

La luz artificial del supermercado le daba dolor de cabeza, pero no duraría mucho, porque acostumbraba a comprar siempre lo mismo y no estaría allí más de 5 minutos. Se introdujo en los pasillos laberínticos con una cesta y buscó la sección de conservas. Al llegar, el gato negro que había visto anteriormente le miraba fijamente desde el dibujo de una hilera de latas de atún.

Cogió rápidamente algunas latas de köttbullar, Surströmming, Ärtsoppa y bruna bönor y fue a la caja a pagar su compra.

La cajera del supermercado le sonaba de algo. Era un supermercado familiar, y la cajera parecía ser la copropietaria del negocio. Tenía el pelo totalmente cano y descuidado, arrugas en su rostro, y vestía ropa vieja y desarraigada. Mientras colocaba los productos sobre la mesa, la anciana le agarró del brazo.

– Por favor, no me hagas esto. Por favor… – Su expresión, sus labios, sus ojos… Estaba convencido. No había ninguna duda de que se trataba de Rött. – Sálvame.

Lars se quedó petrificado y sin saber qué decir. Huyó del establecimiento ante la atenta mirada de los clientes. Vagó por las calles hasta que el mareo le obligó a comer algo. El calor de la Pyttipanna le sentó bien y adquirió fuerzas para volver a casa.

Eran las 7 de la tarde. A las 8 empezaba el recital de Rött, así que se apresuró en buscar un traje mínimamente digno para actuación. Mientras lo hacía percibió una gotera en el techo del salón. La observó unos momentos y decidió solventar el problema a la vuelta.

La sala estaba abarrotada. Al parecer, la escuela en la que estudiaba Rött era famosa por sacar a la luz a nuevos talentos de la música clásica y cada recital era un evento para la gente documentada. Lars se sentó en un asiento y esperó a que comenzara la actuación.

El coro interpretó un fragmento de la flauta mágica, del cual, Rött interpretó maestralmente el aria de la reina de la noche. No cometió un solo fallo, ni una nota a destiempo. Fue una actuación perfecta.

Lars esperó a que Rött saliera de los camerinos para felicitarla junto a muchas otras personas que, finalmente, desistieron y se fueron sin darle su enhorabuena. Rött tardaba mucho en salir, así que, una vez que el teatro estuvo desierto, Lars se aventuró a ir tras el escenario.

Rött estaba sola, sentada en las escaleras del backstage y lloraba en silencio. – ¿Rött? – Lars se acercó cuidadosamente. – ¿Estás bien?

– Sí. – Rött se limpió las lágrimas y sonrió.

– Has estado genial. Había un montón de personas ahí fuera queriendo felicitarte.

– Pero no mi padre. – Rött puso su cabeza entre las rodillas. – Mi padre ni siquiera ha venido a verme.

Lars se acercó sigilosamente y se sentó al lado de Rött. No podía dejar de pensar en el sueño de la noche anterior y las relaciones interpersonales se le daban demasiado mal como para atreverse a abrazarla, pero aún así, le tendió el brazo en señal de consuelo.

– Mi madre tampoco me entendía. – La voz de Lars sonaba temblorosa y aterrada. – Como tú, fui bueno, muy bueno en lo que me gustaba. Pero jamás fue suficiente.

Pasaron unos minutos que a Lars se le antojaron eternos.

– Lo has hecho genial. – dijo al fin. – Puedes conseguir todo lo que te propongas. Y no necesitas la aceptación de tu padre.

Rött sonrío.

– No sé qué habría hecho si no estuvieras aquí conmigo.

Lars acompañó a Rött y le pagó un taxi que la dejara en casa. Luego caminó hasta su apartamento. Eran las 12 de la noche y llovía copiosamente, pero mojarse bajo el frío invernal hacía que las ideas de Lars se aclarasen.

V.

De vuelta a casa el canto del jilguero recibió a Lars, que volvió a fijarse en la gotera. Había alcanzado mayor magnitud y parecía amenazar con inundar toda la casa. Se fijó en ella detenidamente y tiró del papel pintado para observar posibles fugas. Al arrancar el papel visualizó rápidamente algo extraño bajo él. Tiró más y pudo comprobar que era la constante de Planck escrita en su pared. Lars no recordaba haber escrito absolutamente nada, así que comenzó a tirar del papel pintado de toda la habitación. En cada esquina había una anotación, la habitación estaba repleta de notas y fórmulas de todo su trabajo en una nueva revisión que conseguía explicarlo todo.

Y el gato. El gato, dibujado con tinta negra y cuyos ojos de tiza amarilla miraban fijamente a los de Lars.

No podía pasar más tiempo en aquél lugar, cogió su abrigo y fue a dar de comer al jilguero, pero al entrar al baño contempló algo horrible:

Rött yacía pálida e inmóvil en la bañera, con claros síntomas de violencia, en un agua teñida por la sangre.

“¿Qué he hecho?” La cabeza de Lars iba a estallar. El canto del jilguero era grácil y alegre, pero en su mente, cada nota parecía clavarse en una parte palpitante de su cerebro, haciéndole dudar más y más sobre la realidad y la ficción. “Anoche dejé a Rött en casa. Es imposible que esté aquí. Es imposible. Esta… Muerta. ¿La he matado yo? No hay nadie más, exceptuando a ese horrible gato negro pintado en la pared. No puede ser. Tengo que acabar con esto. ”

Cayó de bruces contra el suelo, la impotencia invadió todo su cuerpo y fue incapaz de evitar un llanto desgarrador.

– R… Rött. – Se acercó a la bañera evitando vomitar y tomó la mano de la chica. Estaba fría y no tenía un solo síntoma vital.

Permaneció sujetando su mano mientras lloraba hasta que, después de un tiempo indefinido, se levantó y salió hacia la fábrica.

Caminó erráticamente por la calzada, mientras varios coches pitaban e insultaban su conducta incívica. Al llegar, destrozado, buscó el despacho del jefe, que volvía a estar en la antigua sala de calderas.

Estaba dispuesto a confesar su crimen y expresar su terrible desasosiego, pero al entrar encontró a Rött junto a su padre.

– ¡Señor Erik! – Sprutön no se molestó en absoluto porque uno de sus empleados no llamase a la puerta. -¡No sé como agradecerle que se ocupase de pagarle un taxi ayer a mi hija!

Lars estaba completamente confundido. La sangre que creía tener en el abrigo había desaparecido, y Rött estaba de pie, mirándole con una sonrisa radiante.

– Pero mírate, Lars, ¡Estás hecho polvo! – Sprutön incidió en el lamentable aspecto de Lars y le miró preocupado.

– Sí. Lo siento. Sólo venía a decirle que… Anoche tuve que volver andando a casa con la lluvia. Y me he resfriado. Iba a pedirle el día libre para ir al médico. De hecho me voy ya, no sea que os pegue

nada, lo… lo siento mucho. – Lars salió corriendo del despacho, que resultó volver a estar en su lugar original. De nuevo, el ambiente estaba teñido por la luz que incidía en las verdes botellas.

VI.

Lars entró apresuradamente en el Hospital Psiquiátrico Rubbad, la recepcionista se levantó rápidamente.

– ¡Oiga! ¡Está prohibido pasar! – Era una nueva enfermera.

– Lo siento… Necesito ver a mi madre. Es muy importante. – Lars

jadeaba, había hecho todo el trayecto corriendo y apenas le quedaban

fuerzas para discutir con ella.

– Señor Erik.. ¿No recibió usted nuestro mensaje? Llevamos todo el día llamándole, ¿No ha escuchado nuestro mensaje en el contestador? – La chica cerró los

ojos y se mojó los labios. Parecía estar preparándose para asestar una

puñalada. – Su madre murió anoche, señor Erik. Y esta mañana, al no

poder localizarlo, hemos tenido que incinerarla.

– Pero… No puede ser. – Lars la miró impasible.- ¿Cómo… Cómo ha sido?

– Fue por causas naturales, murió mientras dormía. – Tragó saliva. – No sufrió.

Lars permaneció en silencio unos instantes.

– Dejó algo para usted, lo preparó hace mucho tiempo. – La chica abrió

un cajón y buscó una carta. – Puede ir al salón de recreo a leerla si está más cómodo.

Lars asintió y fue directo allí. El salón estaba vacío, todo lo contrario a como acostumbraba a verlo normalmente, se acercó a la mesa donde su madre siempre se sentaba y miró por la ventana. Esperó unos minutos, suspiró y abrió la carta con cuidado.

“Querido Lars:

Si lees esto significará que he muerto.

Sé que jamás he sido la madre que has necesitado. Has tenido severas carencias desde que tu padre desapareció, pero he intentado educarte lo mejor que he podido.

También sé que me has guardado rencor durante todos éstos años, y que me has odiado en silencio por haber tenido que dejar tu prometedora carrera para cuidarme.

Y lo sé, porque has sido tú quien me lo ha dicho.

Seguramente ésta carta no signifique para ti más que el delirio de una loca. Pero si mis cálculos son correctos, habrás podido experimentar ciertos jirones en la sábana de la realidad. Y todo ello tiene su explicación.

Puede que no lo recuerdes, Lars, pero ya resolviste la teoría de la incertidumbre de Heisenberg a efectos prácticos, en la universidad de Estocolmo. La prueba salió mal. Durante unos segundos, fuiste capaz de ver fusionada la espiral de las once dimensiones, y predecir con ello lo que ocurriría en un futuro.

Mi enfermedad, Lars, Nuestra enfermedad, terminaría acabando con la vida de tu mujer, Rött. Viste con todo lujo de detalles el motivo de su suicidio. Pudiste observar con la lentitud de once prismas, como iba desvaneciéndose su vida. Eso pudo contigo definitivamente.

Te empeñaste en cambiarlo todo, en buscar otras realidades en las que Rött fuera feliz… Te trastornó tanto el tema que perdiste el apetito y el sueño. Pero lo conseguiste, aunque no fue un logro exento de sacrificios. Tuviste que elegir entre tu vida y la vida de Rött

Has podido ejercer el experimento práctico de la paradoja de Schrödinger con tu propia vida:

Imagina a un gato metido dentro de una caja que también contiene un curioso y peligroso dispositivo. Este dispositivo está formado por una ampolla de vidrio que contiene un veneno muy volátil y por un martillo sujeto sobre la ampolla de forma que si cae sobre ella la rompe y se escapa el veneno con lo que el gato moriría. El martillo está conectado a un mecanismo detector de partículas alfa; si llega una partícula alfa el martillo cae rompiendo la ampolla con lo que el gato muere, por el contrario, si no llega no ocurre nada y el gato continua vivo.

Cada evento que se produce es un punto de ramificación. El gato sigue estando vivo y muerto a la vez pero en ramas diferentes del universo, todas las cuales son reales, pero incapaces de interactuar entre sí debido a la decoherencia cuántica.

La salvaste, Lars. Pero no conseguiste salvarte a ti mismo.  “

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