Existió una vez, hace mucho tiempo, un pequeño reino que, aunque gozaba de pocos recursos, estaba gobernado por unos monarcas sabios y justos.
Los reyes buscaban, ante todo, la verdad mediante la ciencia y el estudio, y una vez recopilada adecuadamente se la hacían saber a sus aldeanos mediante misivas y tribunas reales. Pero era tal el ansia de conocimiento, que los monarcas olvidaron por completo la tarea más importante de toda estirpe real; La de engendrar un heredero.
Fue así como, una mañana, siendo ellos ya ancianos, en su peregrinaje diario hacia las colinas encontraron, como por arte de magia, a un pequeño bebé abandonado entre los matorrales.
Los soberanos, ilustrados y compasivos, no dudaron un momento en acoger a esa niña como suya y darle la educación que toda princesa merecía, con la fatal desdicha de que cuando la niña cumplió los 6 años, la vejez acabó con sus padres. La pequeña princesa siempre recordaría las palabras de su padre: “Vuela, pequeña princesa.”

La corte, adepta a los monarcas y respetando sus deseos, se encargó de dar a la niña una educación digna de reyes, basada en la cultura y las letras, pero pronto atisbaron que aquella pequeña niña tenía un don especial.
Con apenas diez años solía escapar del castillo para sentarse en la plaza del pueblo. Oía los problemas de los niños, de los aldeanos y, cómo en un ritual mágico, moldeaba el aire, que adquiriendo un resplandor rosáceo, utilizaba para forjar sueños, inquietudes y esperanzas que evadían a la masa de los augures de la terrible realidad, y con ello sus vidas cobraban un sentido más amplio y espiritual. Ante el diluvio creó el arcoíris, ante el hambre creó las manzanas de colores, ante la soledad creó a los gatitos, ante la tristeza, la música y ante la enfermedad creó las flores, hermosas a la par que medicinales.

La niña cobró gran importancia para el pueblo, sus visiones, su empatía, su don para forjar cosas maravillosas se extendió más allá de las lindes del reino hasta llegar a oídos de un temido caballero, famoso por devorar el corazón de todos los rivales que se atrevían a desafiarle, y con ello, su alma. Era tal la pretensión y arrogancia de aquel hidalgo que juntó a su séquito de atemorizados guerreros para destruir aquel reino desprotegido que empezaba a alzarse sobre la pobreza. Y así el pueblo comenzó a sufrir terribles mermas, ataques y trifulcas.

Una noche, la princesa se levantó sobresaltada. Intuía que algo nefasto le ocurriría a su reino si no actuaba con raudamente. Subió, ataviada con su camisón, a la gran torre de su palacio y observó las estrellas largo tiempo, hasta que, exhausta, se quedó dormida. En sus sueños, las estrellas se congregaron hasta formar una silueta resplandeciente sobre la superficie del oscuro cielo nocturno. Ésta le explicó, sin decir una sola palabra, cómo su inminente rival sólo podría ser vencido mediante la comprensión; La niña debía empatizar con el caballero, comprender el origen de su rencor y de la oscuridad de su alma con el fin de salvar a su pueblo de la desolación. Sólo había un inconveniente, en tal afrenta no podría mostrar sus debilidades ante el caballero, pues al hacerlo, él sabría cómo destruirla y su mundo mágico quedaría derruido.

Aquella mañana la princesa se levantó revitalizada, y tras una breve meditación, intentó retornar el ataque del caballero mediante su magia. Se concentró tanto en la psique del malvado hidalgo que el resplandor rosa se convirtió en humo gris, y de sus manos brotaron gárgolas, fantasmas y demonios que atentaron contra los enemigos del reino sin piedad y demostrando una fuerza descomunal.

El caballero, exento de temor, envió a todos sus hombres contra las bestias y él mismo se dispuso a enfrentarse a la princesa. Ensilló su corcel y entró a la fuerza en los aposentos reales, donde la niña manejaba aquel humo gris, imbuida en un llanto rosáceo e interminable que apenas le dejó reaccionar ante la llegada de su enemigo.
El hidalgo no tuvo más que ver aquellas lágrimas para localizar el punto débil de la niña. Con una sonrisa desafiante penetró en el tenue velo rosado de sus lamentos y atacó a los aldeanos a través de las cosas bellas de su creación; Envenenó las manzanas de colores, convirtió a los gatitos en panteras voraces, volvió las flores ponzoñosas, creó el ruido y convirtió al arcoíris en un sueño inalcanzable, con el fin de atentar contra el pueblo desde el interior de sus anhelos.

Alarmada, la princesa recordó las palabras de aquella silueta resplandeciente, y así, advirtió que la única manera de derrotar al malvado caballero sería arrasar su propio mundo mágico, del que él se había apoderado y que ahora sólo causaba el malestar y el temor de su población. Sin cesar en su llanto, se sentó en el alféizar de la ventana y moldeó, por última vez con su magia, una poción de olvido.

Y así, el caballero quedó encerrado para siempre en aquel mundo, saturado de bien e influenciado por su mal, buscando una salida que no encontraría nunca, y la princesa, como un continente vacío, optó por caer al vacío.

Y ahora ella camina entre las nubes, como en un diligente carrusel, con mariposas, cebras y rayos de luna. Y, cuando estás triste, se acerca a ti con su cajita de sonrisas

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